Esta claro que en plena década del 60, Stan Lee no creó a Hulk con la idea de mostrar los monstruos internos a los que todas las personas nos vemos sometidos. No intentó representar la liberación de esos impulsos que sentimos cada vez que nos enojamos. Pero lo hizo. A medida que los años pasaban y que nuevos artistas tomaban la posta de aquel personaje gris que quiso ser una versión moderna de "Dr Jekyll y Mr Hyde", nuevas cosas se le agregaron a la historia, nuevas miradas que enriquecían algo muy simple.
Todos somos Hulk. Todos gritamos que queremos estar solos. Todos sentimos esa voz desde alguna parte de nuestra cabeza que nos dice que es hora de alejarse de la sociedad. Que debemos gritar, que debemos correr, que debemos abandonar todo y darle vía libre a hacer lo que de verdad sentimos.
He ahí la fascinación por Hulk. Se da el lujo de pelear por lo que todos queremos pelear.
Varios personajes han querido derrotarlo acusándolo de amenaza para todo ser vivo, esperando su error para tener la excusa de atacarlo. Les molesta que el no los necesite, que alejarlo tal como harían con cualquiera, solo es darle lo que quiere.
Enojarse y gritar no es ser Hulk. Sentir la fuerza física no es ser Hulk. Ser Hulk es estar trabajando en una oficina y ver por la ventana el pasto verde y sentir ganas de abandonar todo para estar allí afuera. Esa sensación, ese cuestionamiento interno de "lo que debo hacer" y "lo que quiero hacer" es la de Hulk peleando por salir.
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